10
Mon, Aug

Homilía del Papa Francisco:

 

 

La Celebración pascual la hemos comenzado fuera... inmersos en la oscuridad de la noche y en el frío que la acompaña. Sentimos el peso del silencio ante la muerte del Señor, un silencio en el que cada uno de nosotros puede reconocerse y cala hondo en las hendiduras del corazón del discípulo que ante la cruz se queda sin palabras». 

  

Es el tiempo del «discípulo enmudecido frente al dolor que genera la muerte de Jesús: ¿Qué decir ante tal situación? El discípulo que se queda sin palabras al tomar conciencia de sus reacciones durante las horas cruciales en la vida del Señor: frente a la injusticia que condenó al Maestro, los discípulos hicieron silencio; frente a las calumnias y al falso testimonio que sufrió el Maestro, los discípulos callaron». Durante las horas trágicas y «dolorosas de la Pasión, los discípulos experimentaron de forma dramática su incapacidad de “jugársela” y de hablar en favor del Maestro. Es más, no lo conocían, se escondieron, se escaparon, callaron». 

REUTERS

Es la noche del silencio «del discípulo que se encuentra entumecido y paralizado, sin saber hacia dónde ir frente a tantas situaciones dolorosas que lo agobian y rodean. Es el discípulo de hoy, enmudecido ante una realidad que se le impone haciéndole sentir, y lo que es peor, creer que nada puede hacerse para revertir tantas injusticias que viven en su carne nuestros hermanos». 

  

El mismo discípulo está «atolondrado por estar inmerso en una rutina aplastante que le roba la memoria, silencia la esperanza y lo habitúa al “siempre se hizo así”». Pero, en determinado momento, en medio de nuestros silencios, «cuando callamos tan contundentemente, entonces las piedras empiezan a gritar y a dejar espacio para el mayor anuncio que jamás la historia haya podido contener en su seno: “No está aquí ha resucitado”». 

  

La piedra del sepulcro «gritó y en su grito anunció para todos un nuevo camino». Y es la Creación la primera que se hace eco «del triunfo de la Vida sobre todas las formas que intentaron callar y enmudecer la alegría del Evangelio. Fue la piedra del sepulcro la primera en saltar y a su manera entonar un canto de alabanza y admiración, de alegría y de esperanza al que todos somos invitados a tomar parte». 

  

Así, hoy estamos invitados «a contemplar la tumba vacía y a escuchar las palabras del ángel: “no tengan miedo... ha resucitado”». Son palabras que pretenden llegar a «nuestras convicciones y certezas más hondas, nuestras formas de juzgar y enfrentar los acontecimientos que vivimos a diario; especialmente nuestra manera de relacionarnos con los demás». 

  

«La tumba vacía quiere desafiar, movilizar, cuestionar, pero especialmente quiere animarnos a creer y a confiar que Dios “acontece” en cualquier situación, en cualquier persona, y que su luz puede llegar a los rincones menos esperados y más cerrados de la existencia». 

  

Esta es la columna que sostiene todo, crucial, «fundamento y la fuerza que tenemos los cristianos para poner nuestra vida y energía, nuestra inteligencia, afectos y voluntad en buscar, y especialmente en generar, caminos de dignidad». 

  

«¡No está aquí...ha resucitado! Es el anuncio que sostiene nuestra esperanza y la transforma en gestos concretos de caridad». 

  

«¡Cuánto necesitamos dejar que nuestra fragilidad sea ungida por esta experiencia, cuánto necesitamos que nuestra fe sea renovada, cuánto necesitamos que nuestros miopes horizontes se vean cuestionados y renovados por este anuncio! Él resucitó y con él resucita nuestra esperanza y creatividad para enfrentar los problemas presentes, porque sabemos que no vamos solos». 

  

Celebrar la Pascua significa creer nuevamente que Dios «irrumpe y no deja de irrumpir en nuestras historias desafiando nuestros “conformantes” y paralizadores determinismos». 

Pascua quiere decir dejar que Jesús venza esa actitud pusilánime que muchas veces nos asedia y «trata de sepultar todo tipo de esperanza». 

 

«La invitación va dirigida una vez más a ustedes y a mí: invitación a romper las rutinas, renovar nuestra vida, nuestras opciones y nuestra existencia. Una invitación que va dirigida allí donde estamos, en lo que hacemos y en lo que somos; con la “cuota de poder” que poseemos». 

Homilía del Papa Francisco:

 

 

La Celebración pascual la hemos comenzado fuera... inmersos en la oscuridad de la noche y en el frío que la acompaña. Sentimos el peso del silencio ante la muerte del Señor, un silencio en el que cada uno de nosotros puede reconocerse y cala hondo en las hendiduras del corazón del discípulo que ante la cruz se queda sin palabras». 

  

Es el tiempo del «discípulo enmudecido frente al dolor que genera la muerte de Jesús: ¿Qué decir ante tal situación? El discípulo que se queda sin palabras al tomar conciencia de sus reacciones durante las horas cruciales en la vida del Señor: frente a la injusticia que condenó al Maestro, los discípulos hicieron silencio; frente a las calumnias y al falso testimonio que sufrió el Maestro, los discípulos callaron». Durante las horas trágicas y «dolorosas de la Pasión, los discípulos experimentaron de forma dramática su incapacidad de “jugársela” y de hablar en favor del Maestro. Es más, no lo conocían, se escondieron, se escaparon, callaron». 

REUTERS

Es la noche del silencio «del discípulo que se encuentra entumecido y paralizado, sin saber hacia dónde ir frente a tantas situaciones dolorosas que lo agobian y rodean. Es el discípulo de hoy, enmudecido ante una realidad que se le impone haciéndole sentir, y lo que es peor, creer que nada puede hacerse para revertir tantas injusticias que viven en su carne nuestros hermanos». 

  

El mismo discípulo está «atolondrado por estar inmerso en una rutina aplastante que le roba la memoria, silencia la esperanza y lo habitúa al “siempre se hizo así”». Pero, en determinado momento, en medio de nuestros silencios, «cuando callamos tan contundentemente, entonces las piedras empiezan a gritar y a dejar espacio para el mayor anuncio que jamás la historia haya podido contener en su seno: “No está aquí ha resucitado”». 

  

La piedra del sepulcro «gritó y en su grito anunció para todos un nuevo camino». Y es la Creación la primera que se hace eco «del triunfo de la Vida sobre todas las formas que intentaron callar y enmudecer la alegría del Evangelio. Fue la piedra del sepulcro la primera en saltar y a su manera entonar un canto de alabanza y admiración, de alegría y de esperanza al que todos somos invitados a tomar parte». 

  

Así, hoy estamos invitados «a contemplar la tumba vacía y a escuchar las palabras del ángel: “no tengan miedo... ha resucitado”». Son palabras que pretenden llegar a «nuestras convicciones y certezas más hondas, nuestras formas de juzgar y enfrentar los acontecimientos que vivimos a diario; especialmente nuestra manera de relacionarnos con los demás». 

  

«La tumba vacía quiere desafiar, movilizar, cuestionar, pero especialmente quiere animarnos a creer y a confiar que Dios “acontece” en cualquier situación, en cualquier persona, y que su luz puede llegar a los rincones menos esperados y más cerrados de la existencia». 

  

Esta es la columna que sostiene todo, crucial, «fundamento y la fuerza que tenemos los cristianos para poner nuestra vida y energía, nuestra inteligencia, afectos y voluntad en buscar, y especialmente en generar, caminos de dignidad». 

  

«¡No está aquí...ha resucitado! Es el anuncio que sostiene nuestra esperanza y la transforma en gestos concretos de caridad». 

  

«¡Cuánto necesitamos dejar que nuestra fragilidad sea ungida por esta experiencia, cuánto necesitamos que nuestra fe sea renovada, cuánto necesitamos que nuestros miopes horizontes se vean cuestionados y renovados por este anuncio! Él resucitó y con él resucita nuestra esperanza y creatividad para enfrentar los problemas presentes, porque sabemos que no vamos solos». 

  

Celebrar la Pascua significa creer nuevamente que Dios «irrumpe y no deja de irrumpir en nuestras historias desafiando nuestros “conformantes” y paralizadores determinismos». 

Pascua quiere decir dejar que Jesús venza esa actitud pusilánime que muchas veces nos asedia y «trata de sepultar todo tipo de esperanza». 

 

«La invitación va dirigida una vez más a ustedes y a mí: invitación a romper las rutinas, renovar nuestra vida, nuestras opciones y nuestra existencia. Una invitación que va dirigida allí donde estamos, en lo que hacemos y en lo que somos; con la “cuota de poder” que poseemos». 

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